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Todo es un juego hasta que alguien pierde la barba

By Dardo Helguera

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Vamos a analizar este video, pero primero os pongo en situación. Por lo que parece, un padre barbudo y a su pareja se les ocurre la idea de grabar en video un experimento para calibrar el grado de percepción de su hija. La finalidad del experimento es simple: ver como reacciona su hija ante su presencia con y sin barba.

 

Lo que comienza como una pequeña anécdota familiar materializada en forma de video de móvil, se tornará en un thriller psicólogico terrorífico para una inocente niña.
Una ocurrencia lúdica sin más, un pasatiempo de sábado a las 16:30 sin ninguna consecuencia para esos papis, pero quizás sí (o eso espero) para esa cría que absorberá todo ese show archivándolo en su inconsciente bajo la etiqueta de trauma bizarro a la espera de manifestarse dios sabe cuándo en el futuro y de qué manera para disfrute de los más retorcidos.

Todo es un juego hasta que alguien pierde la barba

Ahora pasaremos a observar, cronológicamente, los momentos clave (para mí) de este video viral con más de 1 millón de visitas:

El padre acepta de pleno el reto de confundir a su hija. Sin miramientos ni hostias. Va a fuego desde el principio. Su actitud enfática, arengando a la niña para que focalice su atención en su barba, es total. (muy propio de @Nosinmibarba, por otra parte)

 –El ansía de la madre por que llegue la mandanga,  o sea, el conflicto; el momento cumbre, se manifiesta por su trabajo de cámara escrupuloso. Toda la coreografía quedará perfectamente registrada.

 –El video está muy bien dirigido. Una planificación que más quisieran much@s cortometrajistas. El recurso de la elipsis en el momento en el que el padre sale del baño para potenciar el efecto sorpresivo e inquietante de instantaneidad es deluxe. Tirando de montaje académico, para introducirlo y así solventar el problema que implica el montar un plano con el mismo ángulo que el antecesor sin que desentone, yuxtapone dos planos que, pese a que por ángulo no montarían, por tener un valor de plano muy diferente sí. Esto hace que la secuencia del pasillo funcione a la perfección y potencie el imposible afeitado.

-Esta herramienta narrativa elíptica, que juega con la percepción del tiempo, puede provocar una reacción no del todo disparatada en el espectador, y sí muy interesante: ¿Cómo le ha dado tiempo a afeitársela?. Y otra posiblemente más rayante y neurótica: ¿Acaso ya estaba afeitado desde el inicio del video?; ¿Lleva una una barba falsa? Siembra la duda a los más despistados y conspiradores. El segundo visionado está servido, pues. Necesario para que los más despistados (como yo) se den cuenta de que en realidad hay una elipsis, pero simple, no extranarrativa. Una elipsis técnica de las que se ajustan a su función primaria de acortar el tiempo innecesario de una acción para no sumar metraje de más. Todo eso de recurrir a una elipsis con valor narrativo adicional para crear la supuesta situación inquietante del afeitado imposible, desaparece por completo. Era una paja mental por mi parte (pero vamos a pensar que es cierto. Que si no este post no tiene sentido).

La salida del padre del baño es muy creepy. No porque ya no lleve barba, no; sino porque, primero y como hemos dicho antes (elipsis con valor narrativo añadido): sale del baño ya afeitado muy rápidamente. Prácticamente nada más entrar. Como si fuera de seguido. Ese imposible inquieta mucho.  Y segundo, y más importante: porque el padre sale a traumatizar a su hija sin miramientos. A consolidar el propósito de todo esto: buscar el shock de su hija, y cuanto más impactante mejor. La prisa con la que coge a la niña es delatora. Sin dejarle tiempo para analizar el cambio desde la distancia. Confundiéndola con ese  tenebroso»¡Hi!» de un completo desconocido-conocido cara a cara, para, seguidamente, retomar la identidad de papi. Un vaivén identitario agotador y malrollero a ojos de un bebe. Pura pesadilla infantil.

-El climax llega, y cumple la expectativa más retorcida: la niña, tras el choque inesperado con ese individuo que dice que es su papi y que se golpea el jeto, colapsa. Su cerebro dice basta y lanza la señal de auxilio: «Niña, o sales de ahí o te dejo una huella chunga para el resto de tu vida». El trauma, por consiguiente, es directamente proporcional al tiempo que está en brazos de ese señor imberbe, con cara de pan.

El asunto se les va de las manos a los progenitores guasones. Y, de repente, es cuando todo cobra verdadero sentido humorístico para el espectador más negro: los padres pasan de la coña pactada, al drama familiar por el acojonamiento de su hija. Tato que ocurre algo totalmente desesperado y loco para normalizar la situación: el papi se pone una bufanda en la puta cara como barba improvisada. Tira de postureo para salvar el barco. Y es entonces cuando se vuelve a dar; vuelve de nuevo a escena ese concepto que ya planeaba de manera alocada en la mente del espectador más rayao y premonitor al principio de todo: la barba falsa.

Finalmente todo se soluciona. La niña se calma. Se ríe en los brazos de su nuevo papi sin barba. Pero ya es demasiado tarde. El mal ya está hecho. Mientras la niña se tranquiliza, el trauma se gesta en el interior de su pequeñita cabecita como una cría de xenomorfo en el pecho de un huésped. Para salir en algún momento futuro expulsado entre gritos y fluidos. Pero hasta entonces, ahí queda, creciendo y arraigándose. Sin que nadie se percate. Salvo, quizás, solo algún espectador procrastinador como yo.

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