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El día que afeité a mi padre

Un artículo de Carles Suñé González

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Mucho tiempo ha pasado desde que cogiera una cuchilla y decidiera afeitarme por completo. Lo único que me afeito son los pómulos, para marcar la barba, y la zona del cuello. Para hacer eso no se necesita mucha maña, la verdad. La vida ha querido que restablezca relaciones con las maquinillas desechables, que les tenga que coger cariño y que deba volver a usarlas sin miedo y con determinación. 

El día que afeite a mi padre

Aunque no acostumbre a personalizar demasiado en los artículos del portal, creo que os lo debo y os debo explicaciones por la poca actividad del blog en estos días: mi padre ha tenido un accidente de moto que lo mantiene, después de 15 días, todavía hospitalizado.

Hace poco más de una semana me vine desde A Coruña hasta Barcelona para acompañarle durante tan jodido trámite e inyectarle toda mi energía posible. Los 1000 km que nos separan no son nada. Necesitaba estar con él y aquí me planté. De hecho os estoy escribiendo desde la habitación 405 del hospital mientras mi padre sigue en la UVI.

Las horas de visita, muy concretas, se exprimen al máximo. Hablamos, le hago compañía, le refresco con toallitas húmedas… y cuando toca lo afeito. Recuerdo cuando me pidió que lo afeitara: me vine arriba y le dije “claro, yo te afeito”. Fue el sábado pasado. Yo súper dispuesto, lleno una palangana de agua caliente, le pongo una toalla bajo el cuello, le humedezco la cara y le pongo espuma de afeitar. Cojo la maquinilla de afeitar y me acerco a su cara…

Es ahí cuando todo me empieza a temblar, me entran los sudores fríos, los nervios me comen y me muero de miedo de cortarle con mi pulso (que estaba como para robar panderetas). De pronto, me suben de las entrañas unas ganas tremendas de llorar que consigo reprimir. En un momento analicé la escena con detenimiento: estaba afeitando a mi padre! Yo, que defiendo la barba, afeitando a mi padre. Tan pronto. Fue una sensación que explicarla con palabras no le haría justicia. Un familiar siguió con el afeitado.

Ayer me lo volvió a pedir, la barba ya le había vuelto a salir. No había posibilidad de que otra persona me remplazara. Esta vez me puse el mundo por montera y me propuse que lo haría por mi santa barba y sin un corte. Y así fue, un rasurado perfecto. Y pienso hacerlo cada día que me lo pida mientras sigamos aquí. Espero que sean pocas las veces que me lo pida, eso significará que esta pesadilla ha acabado.

Me perdonarán mis colegas barberos, y el resto del gremio, y lo digo con toda mi humildad, pero creo que soy un barbero en potencia.

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